23/09/10
Me veo, caminando despreocupado por una acera, una ráfaga de viento emerge de la alcantarilla, veo cómo golpea mi nuca, y a la vez la siento vertiginosa recorrer mi cuello con violencia, la veo llegar a mi oído, la escucho, “fuhuhu” me susurra.
Me veo en mitad de la calle, envuelto en tinieblas, lóbregas esquinas y mohosas paredes. El viento no se va, me abraza bruscamente, lo veo cubrirme, lo siento cubrirme, un vaho que no ha encontrado continuidad a través del imperceptible cristal, se queda ahí, opacándome. Veo como me vuelvo una estela, como desaparezco, lo veo desde afuera de la capsula que me encierra, y lo siento desde dentro de ella… me asfixio. Mis movimientos se tornan lentos, no puedo resistirme por más tiempo a su implacable avance. La respiración paulatinamente es anulada, mi cuerpo se desploma inerme, me veo caer, siento el golpe contra el piso, una fuerte contusión en la cabeza. Veo el cadáver descansar por fin sobre el suelo, ¡estoy viendo mí cadáver!, el caparazón que antes me cubrió se funde con la oscuridad mientras regresa a la alcantarilla.
Un grito de miedo llena la habitación “¡Ahahaaa!”, mí grito, mí miedo llena la habitación. El sudor empapa las sábanas. La imagen no se borra de mi mente, el miedo juega con migo aunque yo nunca dije “sí”. Aprecio la imagen al juntar mis párpados… aparto rápidamente uno del otro, sigue ahí, difusa, pero persiste. Separo mis párpados con más fuerza, la imagen no se va.
Al cabo de unos minutos mi estado es de nuevo normal, mis palpitaciones se calman, la impactante secuencia de hechos pasados se almacena en mi cerebro como el recuerdo de un sueño más, una alucinación de una noche.
Ahora, eme aquí, abriendo la compuerta protegido tan sólo por una máscara antigás, arrojando los cristales blanco-azulados de ácido cianhídrico, cristales que se disolverán en el aire y cubrirán a los hombres del otro lado bajo nubes de olvido. Como ya varias veces lo he hecho, cierro la compuerta, voy hasta la puerta por la que antes entraron esos mugrosos, y me siento a oír sus últimos lamentos. Nada como la primera vez, no he vuelto a escuchar mejor concierto que el que me dieron los locos e inválidos del pabellón A12. La memoria de ese día me atiborra, me empalago recordando…ellos creyeron que había llegado su hora del baño, entraron despreocupados a la cámara de gas, para ellos ducha, abrí la compuerta, arrojé con mano temblorosa el veneno y la función comenzó.
La luna ya viste sus mejores galas, me pongo mi gabardina y salgo del campo de concentración con paso firme, como siempre he hecho. Conozco la relevancia de mi labor, y siempre he estado dispuesto a comentar mi ocupación aunque no sea muy bien vista por los que aún están vivos, ellos sólo levantan el brazo al ver al Führer, y elogian su obra, pero se asquean al saber mi profesión.
Prosigo mi andar por la acera, impávido ante lo que pueda suceder, ya he oído a muchos morir, y he tenido el agrio consuelo de huir de mis pesadillas, de despertar.
Una mujer mira desde la otra acera, ve al camínate, que medita mientras mira hacia abajo, el sujeto lleva una gabardina, y se ve atiborrado por ideas que emergen rampantes, un hombre lo aborda desde atrás, el viento sopla, el hombre de gabardina cae herido de muerte al piso, el otro corre, la mujer se suma a la fuga, no quiere morir también.
